martes, 27 de octubre de 2026

Imperios e IA. Auge y caída de un nuevo orden mundial (Ferguson, Klaasen y Schmidt)

Recientemente, en un sugerente (pero también provocativo) artículo publicado en Foreign Affairs (octubre de 2026), Niall Ferguson, Lisa Klaassen y Eric Schmidt (Empires of AI. The Rise and Fall of a New Global Order) plantean que Estados Unidos y China están construyendo dos nuevos imperios cuyo poder no descansa en el control territorial, sino en el dominio de la inteligencia artificial (IA), los semiconductores, la energía, los datos y el capital. Ambos países siguen estrategias diferentes. Estados Unidos cuenta con mercados financieros hiperglobalizados, empresas tecnológicas líderes y una posición privilegiada en el desarrollo de los modelos más avanzados de IA, pero afronta importantes limitaciones energéticas y un creciente endeudamiento. China, por su parte, dispone de una extraordinaria capacidad industrial, abundante electricidad y un fuerte respaldo estatal, aunque continúa dependiendo del exterior para acceder a los semiconductores más sofisticados. Mientras el modelo estadounidense apuesta por tecnologías avanzadas, costosas y mayoritariamente cerradas (de pago), China favorece soluciones más baratas y abiertas, con las que pretende extender su influencia internacional. A partir de este contexto, los autores se plantean distintas preguntas: ¿por qué desaparecen los grandes imperios? ¿por qué unas potencias consiguen mantener su hegemonía durante siglos mientras otras entran en decadencia? ¿puede la inteligencia artificial alterar el equilibrio económico y geopolítico mundial?

No obstante, la pregunta más interesante no es quién ganará la carrera tecnológica, sino quién podrá financiarla durante más tiempo. Para explicarlo, los autores recuperan una lección de la Historia Económica: los imperios no siempre desaparecen derrotados por sus enemigos; en ocasiones, terminan agotados por los costes de mantener su propia hegemonía. De ahí surge el denominado trilema imperial: una gran potencia difícilmente puede sostener simultáneamente la supremacía militar, el liderazgo tecnológico y un Estado del bienestar generoso. El declive del Imperio británico después de 1945 constituye uno de sus principales ejemplos históricos. Por si fuera poco, la rivalidad entre Estados Unidos y China plantea un interrogante geopolítica: el papel de Taiwán, donde se concentra una parte esencial de la fabricación mundial de semiconductores avanzados. El futuro no está escrito. Tal vez estemos ante una nueva Gran Divergencia tecnológica; habrá que ver si China puede desplazar a Estados Unidos como primera potencia mundial o, si paradójicamente, ambas superpotencias terminarán debilitadas por una carrera tecnológica que exige unos recursos económicos cada vez mayores. 

Si os apetece leerlo, con fines exclusivamente académicos os proporciono una traducción (las negritas o los subrayados en amarillo son míos) aquí

miércoles, 14 de octubre de 2026

El papel del libre comercio a lo largo de la historia: integración, globalización y crecimiento económico


Rembrandt. The Syndics (Rijksmuseum)
El debate sobre el libre comercio se remonta a la era mercantilista entre los siglos XVI y XVIII. El auge del comercio marítimo holandés e inglés desplazó la riqueza del sur al norte del continente europeo. Durante dicho periodo surgieron las naciones-estado y el concepto de riqueza nacional: cantidad de oro y/o plata y balanza comercial favorable. Los teóricos del mercantilismo defendían los aranceles frente a las importaciones para impedir el déficit comercial y proteger a los productores nacionales de la competencia exterior.

Thomas Mun (1571-1641) director de la Compañía Británica de las Indias Orientales apeló hacia 1628 al gobierno británico para que protegiera su actividad frente a la competencia holandesa (guerras angloholandesas y Actas de Navegación). Asimismo insistía que lo realmente importante era el equilibrio de la balanza comercial. De hecho, no pensaba que gastar oro en el extranjero fuera perjudicial. ¿Por qué? En principio, el oro podía utilizarse para comprar bienes que luego se reexportaban por una cantidad mayor. De este modo (potenciación del excedente comercial y acumulación de divisas extranjeras) se impulsaba el comercio, se proporcionaba trabajo a la industria del transporte y se incrementaba el tesoro de la corona inglesa.

domingo, 27 de septiembre de 2026

Principios de Economía Política (Mill) y el Manifiesto Comunista (Engels & Marx)


Irish family ejectment from their home. Original aquí
Año 1842. Gran Bretaña ha sufrido una serie de malas cosechas, el precio del pan se ha duplicado, las ciudades están llenas de inmigrantes procedentes del campo en busca de trabajo, la industria algodonera está en crisis desde el último lustro, los obreros recurren a la caridad y llenan los comedores sociales. Thomas Carlyle afirmaba: “Siendo imposible la vida a las multitudes. […] Es evidente que la nación camina hacia el suicidio”.

En agosto de ese mismo año se produjo una huelga general liderada por el movimiento cartista (véase Carta del Pueblo) en defensa del sufragio universal masculino: un hombre, un voto. El primer ministro conservador Robert Peel envió al ejército contra los huelguistas quienes acabaron replegándose hacia sus fábricas. De nuevo Carlyle escribía: “La revuelta, el hosco y vengativo humor de la revuelta contra las clases altas […] es cada vez más el espíritu universal de las clases bajas”. El “Informe sobre las condiciones sanitarias de la población obrera de Gran Bretaña” publicado en 1842 por Edwin Chadwick (con anterioridad publicó junto a Nassau William Senior, Poor Law Commissioners' Report of 1834), mostraba que en Manchester (el Silicon Valley de la Revolución Industrial) la vida media de los hombres era de 17 años, la mitad que en los entornos rurales. Solo uno de cada dos recién nacidos llegaba a superar los 5 años de edad. Pero había mucho más: las calles eran frecuentemente usadas como alcantarillas, las casas estaban llenas de moho y en un estado deplorable, la comida putrefacta y los obreros se pasaban la mayor parte del tiempo en estado de embriaguez.

sábado, 26 de septiembre de 2026

Tecnología y Revolución Industrial


Coalbrookdale By Night. Original BBC
La primera revolución industrial hunde sus raíces en el desarrollo de dos inventos: la máquina de vapor de Thomas Newcomen (1720) y la lanzadera volante de John Kay (1733). Ambos inventos constituyen los antecedentes más claros y evidentes del proceso de industrialización que comenzó en Inglaterra y que posteriormente se expandió de forma desigual por el resto de Europa y por EE.UU. En primer lugar, la fabricación textil se perfeccionó gracias a la hiladora de algodón de Hargreaves (la Spinning Jenny), los telares mecánicos de los ingleses Arkwright, Crompton (inventor de la Spinning Mule), Cartwright (telar mecánico) y del francés Jacquard (telar con tarjetas perforadoras). En 1769 el inglés Richard Arkwright patentó la Water Frame, una máquina de menos de un metro de altura que producía un hilo de algodón mucho más fuerte que el obtenido con la tradicional rueca. Además instaló dichas máquinas en una factoría movida mediante energía hidráulica. A consecuencia de ello, la gente dejó de trabajar en casa o en pequeños talleres familiares y empezó a trabajar en fábricas.