lunes, 8 de octubre de 2018

Tecnología y Revolución Industrial


Coalbrookdale By Night. Original BBC
La primera revolución industrial hunde sus raíces en el desarrollo de dos inventos: la máquina de vapor de Thomas Newcomen (1720) y la lanzadera volante de John Kay (1733). Ambos inventos constituyen los antecedentes más claros y evidentes del proceso de industrialización que comenzó en Inglaterra y que posteriormente se expandió de forma desigual por el resto de Europa y por EE.UU. En primer lugar, la fabricación textil se perfeccionó gracias a la hiladora de algodón de Hargreaves (la Spinning Jenny), los telares mecánicos de los ingleses Arkwright, Crompton (inventor de la Spinning Mule), Cartwright (telar mecánico) y del francés Jacquard (telar con tarjetas perforadoras). En 1769 el inglés Richard Arkwright patentó la Water Frame, una máquina de menos de un metro de altura que producía un hilo de algodón mucho más fuerte que el obtenido con la tradicional rueca. Además instaló dichas máquinas en una factoría movida mediante energía hidráulica. A consecuencia de ello, la gente dejó de trabajar en casa o en pequeños talleres familiares y empezó a trabajar en fábricas. 

Original aquí
¿Qué implicaciones tuvo esto? En principio, las instituciones económicas medievales generaban escasos incentivos para la inversión en tierra, capital físico, capital humano y tecnología. Según Epstein esto venía motivado por los elevados costes de transacción debidos a la fragmentación política, a los fallos de coordinación, a las numerosas guerras y finalmente a importantes costes en los transportes que dificultaban el comercio. Con el sistema protoindustrial (orígenes aquí) la clave residió en la difusión de la industria a domicilio, en la especialización espacial de la producción y en la intensificación del factor trabajo. Sin embargo, los costes crecientes, la inmovilización del capital circulante durante largos periodos y la estacionalidad del trabajo (recordemos que las economías preindustriales eran básicamente agrícolas) provocaron que la única alternativa real a una crisis del sistema protoindustrial fuese la mecanización y centralización del proceso de producción (sistema de producción en fábrica, factory system). La primera industria que la puso en práctica gracias al cambio tecnológico fue la industria del algodón inglés desde finales de la década de 1760.

Paralelamente la mecanización del campo se aceleró con las máquinas de los norteamericanos Whitney (biografía aquí) y McCormick. Asimismo el vapor se convirtió en una fuente de energía autónoma (perfeccionado posteriormente por Watt gracias a la cámara de condensación) que revolucionó el transporte: el marítimo (barco de vapor) gracias a Fulton y el terrestre gracias a la locomotora de Stephenson.

Durante la primera mitad del siglo XIX, la revolución liberal burguesa se difunde por Europa. El resultado consistió en la progresiva instauración de monarquías parlamentarias, la abolición de los derechos señoriales y formas de propiedad del Antiguo Régimen y la creación de un marco jurídico que combina los dos primeros principios con los de “propiedad absoluta” y “nacionalismo”. Mientras tanto el cambio tecnológico siguió su curso: aplicaciones prácticas relacionadas con la electricidad (Volta, Sturgeon, Faraday), siderurgia y metalurgia (Neilson), construcción (cemento Portland), fotografía (Niepce, Daguerre) y comunicaciones (Morse).

La segunda década del XIX trajo dos nuevas fuentes energéticas, la electricidad y el motor de explosión, que revolucionaron los procesos de producción, los transportes y las comunicaciones. En 1870 Europa contaba con más de 100.000 kilómetros de líneas férreas y Estados Unidos estaba relativamente cerca con 70.000. Eran los tiempos de la Segunda Revolución Industrial, al tiempo que la primera globalización moderna avanzaba: se producía acero en serie a bajo coste, se construían buques con casco de hierro y con enormes estructuras de hierro, se empezó a difundir la utilización de la dinamita, el motor de explosión (pocos años después de la expansión del petróleo), la bombilla, la corriente alterna, la radio y la radiotelegrafía, el teléfono, la radiactividad, la producción en cadena del automóvil y finalmente la aviación.

Chicago 1893
Os dejo a modo de ejemplo, las reflexiones de Keynes (Las consecuencias económicas de la paz): "¡Qué episodio tan extraordinario ha sido, en el progreso económico del hombre, la edad que acabó en agosto de 1914! Es verdad que la mayor parte de la población trabajaba mucho y vivía en las peores condiciones; pero, sin embargo, estaba, a juzgar por todas las apariencias, sensatamente conforme con su suerte. Todo hombre de capacidad o carácter que sobresaliera de la medianía tenía abierto el paso a las clases medias y superiores, para las que la vida ofrecía, a poca costa y con la menor molestia, conveniencias, comodidades y amenidades iguales a las de los más ricos y poderosos monarcas de otras épocas. El habitante de Londres podía pedir por teléfono, al tomar en la cama el té de la mañana, los variados productos de toda la tierra, en la cantidad que le satisficiera, y esperar que se los llevaran a su puerta; podía, en el mismo momento y por los mismos medios, invertir su riqueza en recursos naturales y nuevas empresas de cual­quier parte del mundo, y participar, sin esfuerzo ni aún molestia, en sus frutos y ventajas prometidos, o podía optar por unir la suerte de su fortuna a la buena fe de los vecinos de cualquier municipio importante, de cualquier continente que el capricho o la información le sugirieran. Podía obtener, si los deseaba, medios para trasladarse a cualquier país o clima, baratos y cómodos, sin pasaporte ni ninguna formalidad; podía enviar a su criado al despacho o al banco mas próximo para proveerse de los metales preciosos que le pareciera con­veniente, y podía después salir para tierras extranjeras, sin conocer su religión, su lengua o sus costumbres, llevando encima riqueza acu­ñada, y se hubiera considerado ofendido y sorprendido ante cual­quier intervención. Pero lo más importante de todo es que el consi­deraba tan estado de cosas como normal, cierto y permanente, a no ser para mejorar aún más, y toda desviación de él, como aberración, escándalo y caso intolerable. … Los proyectos y la política de militarismo e imperialismo, las rivalidades de razas y culturas, los monopolios, las restricciones y los privilegios que habían de hacer el papel de serpiente de este paraíso, eran poco más que el entretenimiento de sus periódicos, y parecía que apenas ejercían influencia ninguna en el curso ordinario de la vida social y económica, cuya internacionalización era casi completa en la práctica".

Cronología: el cambio tecnológico desde el Tratado de Utrecht (1713) hasta el inicio de la I Guerra Mundial (1914)


Más información sobre la revolución tecnológica durante la Revolución Industrial en el capítulo 3 "La Revolución Industrial" del libro de Robert Allen, Historia económica mundial: una breve introducción.

No hay comentarios: