¿Qué nos enseña la Historia sobre cómo reaccionar ante estos cambios? MacMillan pone de ejemplo la denominada Reform Act de 1832 que suele interpretarse como uno de los grandes ejemplos de adaptación institucional sin revolución en la Europa del siglo XIX. Hasta entonces, el sistema electoral británico seguía reflejando en buena medida la geografía política de siglos anteriores: había pequeños distritos rurales con representación desproporcionada (los célebres rotten boroughs) mientras que grandes centros industriales como Manchester o Birmingham estaban infrarrepresentados. La reforma de 1832 redistribuyó escaños hacia las nuevas ciudades industriales y amplió, aunque todavía de forma limitada, el electorado masculino, incorporando políticamente a una parte mayor de las clases medias. Lo importante no es tanto que democratizara plenamente Gran Bretaña (no lo hizo) como que mostró que las élites podían ceder parte de su poder para preservar el sistema. Esa es precisamente la razón por la que MacMillan la utiliza en su artículo: frente a Francia en 1789 o Rusia en 1917, donde las élites no entendieron a tiempo la profundidad del descontento, la élite británica reaccionó antes de que la presión política desembocara en una ruptura revolucionaria. Ella la describe como una auténtica “válvula de escape” que amplió la representación para evitar una crisis mayor. Por estas razones su relevancia histórica es doble: modernizó el sistema político británico y, sobre todo, inauguró una pauta de reformas graduales (1832, 1867 y 1884) mediante las cuales Gran Bretaña fue ampliando la participación política sin pasar por una gran revolución comparable a las del continente.
A continuación traduzco al español con fines académicos, algunos de los párrafos del artículo de Margaret MacMillan que considero más relevantes.
Cuando se aproxima una tormenta, siempre hay señales
Las potencias revisionistas vulneran reglas y normas con impunidad. Los electorados están irritados y son volátiles. La diplomacia lenta, deliberada y necesariamente discreta, que crea confianza y entendimiento, ha cedido paso a un estilo efectista y descarado, más propio de una atención atrofiada por TikTok o del patio de recreo.
El Programa de Datos sobre Conflictos de Uppsala registró el año pasado 65 conflictos armados con participación estatal, la cifra más alta desde 1946. Las grandes potencias se encuentran empantanadas en guerras asimétricas con países que están sacando el máximo partido de las nuevas tecnologías. La guerra de Rusia en Ucrania, que debía ganarse en cuestión de días, avanza trabajosamente por su quinto año. Irán, empleando drones baratos y producidos en masa para atacar a fuerzas y aliados estadounidenses, ha logrado controlar, quizá de forma permanente, un corredor crucial del comercio mundial, ha reducido drásticamente las reservas de misiles de Estados Unidos y ha empantanado al presidente Trump en una guerra elegida por él mismo.
Una guerra mundial no es inevitable, pero la amenaza de un conflicto catastrófico entre grandes potencias bien armadas está más cerca que en muchas décadas.
Hemos entrado en una nueva era de desorden. Debemos prepararnos, empezando por reconocer con franqueza la gravedad del momento en que nos encontramos y aceptar que nuestro frágil sistema está fallando. Que los países ya se están adaptando, para bien y para mal. Y que cualquier futuro basado en la cooperación tendrá que adoptar una forma distinta.
¿Qué les ocurre a quienes se niegan a adaptarse e insisten en que un sistema que se desmorona puede seguir funcionando? Pensemos en tres revoluciones que sí se produjeron y en una que no.
En vísperas de la Revolución francesa, Francia, la principal potencia terrestre de Europa, estaba probablemente en bancarrota, en buena medida por las enormes sumas que había pedido prestadas para contribuir a derrotar a los británicos en la Revolución estadounidense. Unas élites gobernantes derrochadoras y corruptas habían perdido el rumbo, y una clase media en expansión, excluida del poder político, exigía cambios. En la base de la sociedad, obreros y campesinos se enfrentaban al hambre y estaban cada vez más desesperados. Circulaban nuevas y poderosas ideas ilustradas —algunas de ellas procedentes de la Revolución estadounidense— acerca de los derechos humanos y de nuevas formas de gobierno que otorgarían poder, al menos, a una parte del pueblo. Los reyes franceses y sus cortesanos no comprendieron la profundidad del descontento y dieron por sentado que nada podría apartarlos de su posición privilegiada. Se equivocaron: la monarquía fue derrocada y nació una república caótica y violenta. En menos de una década, Napoleón sería emperador.
No existe un único patrón de cambio revolucionario, pero quienes ocupan la cúspide de un régimen a menudo no perciben hasta qué punto es quebradizo. La Revolución rusa de 1917 fue consecuencia de una derrota en el exterior, y no de una victoria obtenida a un coste enorme. Pero el zar Nicolás II también insistió, contra toda evidencia, en que no hacía falta ninguna reforma porque los rusos seguían adorándolo.
En la Alemania de los años treinta, Hitler fue llevado al poder por unas élites que creían, equivocadamente, que podrían utilizarlo y que el sistema existente era lo bastante sólido como para mantenerlo bajo control.
Cada una de estas revoluciones tuvo profundas repercusiones internacionales. Napoleón condujo a Francia al dominio del continente y destruyó viejas instituciones e ideas, como el derecho divino de los reyes a gobernar. Los bolcheviques, que tomaron el poder en Rusia, predicaron y fomentaron el internacionalismo revolucionario, librando una guerra a escala mundial contra el capitalismo y las naciones democráticas. Hitler rearmó Alemania, conquistó gran parte de Europa y asesinó a millones de judíos y a muchas otras personas en nombre de la supremacía aria.
A veces, sin embargo, los países y sus dirigentes saben interpretar las señales a tiempo. En la década de 1820, el gobierno británico se enfrentaba a la presión de unas clases medias surgidas al calor de la Revolución Industrial pero excluidas de la toma de decisiones políticas. La élite británica, muy consciente de la reciente catástrofe francesa, comprendió que debía adaptarse si quería sobrevivir. La Ley de Reforma de 1832 actuó como una válvula de escape al ampliar suficientemente el derecho de voto y evitar así una crisis de mayores proporciones.
(...)
El orden internacional siempre ha dependido del respaldo de las grandes potencias y de la cooperación y adhesión de un número suficiente de potencias menores. Al final de la Guerra Fría, con la desaparición de la Unión Soviética, Estados Unidos parecía dispuesto a continuar como garante del sistema surgido después de 1945. Bajo el señor Trump, ya no es así.
Es posible que, con otro presidente, Estados Unidos retome su papel de potencia hegemónica: un defensor decidido de las instituciones y normas internacionales, un aliado bueno y fiable y un firme adversario de los tiranos. Que el mundo vuelva a discurrir con tanta paz como lo ha hecho —al menos desde determinadas perspectivas— desde 1945. Que las grandes potencias, entre ellas ahora China e India, continúen conviviendo razonablemente y que eso que llamamos comunidad internacional renueve su compromiso con la tarea de combatir la pobreza, la injusticia, los conflictos y el cambio climático.
Pero ¿y si ya nos encontramos en las primeras fases de lo que será un prolongado período de desorden? Un mundo en el que no podamos dar por supuesto que lo que era cierto ayer lo seguirá siendo mañana, ni que perdurarán instituciones aparentemente sólidas. Quizá dejemos de sorprendernos ante las noticias de cada día. Se producen desastres naturales, como las inundaciones de Nepal y el Tíbet, y no está claro quién acudirá al rescate. ¿Nos encogemos de hombros y seguimos con nuestras vidas? Surgen conflictos —algunos con capacidad para arrastrar a las grandes potencias— sin que exista un árbitro evidente. Alianzas fiables como la OTAN son puestas a prueba una y otra vez y podrían desintegrarse. La guerra híbrida de Rusia contra Europa se está ampliando; China y Estados Unidos podrían enfrentarse por Taiwán; y la competencia por los recursos en un mundo cada vez más cálido y seco ya está alimentando la violencia.
Este es un mundo de creciente imprevisibilidad en el que, en mucha mayor medida de lo que esperábamos, quedamos a merced de nuestros dirigentes, menos constreñidos por marcos externos y más libres para improvisar sobre la marcha. Deberíamos elegir a esos responsables políticos con más cuidado que nunca, precisamente cuando los electorados parecen menos inclinados a hacerlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario