Recientemente, en un sugerente (pero también provocativo) artículo publicado en Foreign Affairs (octubre de 2026), Niall Ferguson, Lisa Klaassen y Eric Schmidt (Empires of AI. The Rise and Fall of a New Global Order) plantean que Estados Unidos y China están construyendo dos nuevos imperios cuyo poder no descansa en el control territorial, sino en el dominio de la inteligencia artificial (IA), los semiconductores, la energía, los datos y el capital. Ambos países siguen estrategias diferentes. Estados Unidos cuenta con mercados financieros hiperglobalizados, empresas tecnológicas líderes y una posición privilegiada en el desarrollo de los modelos más avanzados de IA, pero afronta importantes limitaciones energéticas y un creciente endeudamiento. China, por su parte, dispone de una extraordinaria capacidad industrial, abundante electricidad y un fuerte respaldo estatal, aunque continúa dependiendo del exterior para acceder a los semiconductores más sofisticados. Mientras el modelo estadounidense apuesta por tecnologías avanzadas, costosas y mayoritariamente cerradas (de pago), China favorece soluciones más baratas y abiertas, con las que pretende extender su influencia internacional. A partir de este contexto, los autores se plantean distintas preguntas: ¿por qué desaparecen los grandes imperios? ¿por qué unas potencias consiguen mantener su hegemonía durante siglos mientras otras entran en decadencia? ¿puede la inteligencia artificial alterar el equilibrio económico y geopolítico mundial?
No obstante, la pregunta más interesante no es quién ganará la carrera tecnológica, sino quién podrá financiarla durante más tiempo. Para explicarlo, los autores recuperan una lección de la Historia Económica: los imperios no siempre desaparecen derrotados por sus enemigos; en ocasiones, terminan agotados por los costes de mantener su propia hegemonía. De ahí surge el denominado trilema imperial: una gran potencia difícilmente puede sostener simultáneamente la supremacía militar, el liderazgo tecnológico y un Estado del bienestar generoso. El declive del Imperio británico después de 1945 constituye uno de sus principales ejemplos históricos. Por si fuera poco, la rivalidad entre Estados Unidos y China plantea un interrogante geopolítica: el papel de Taiwán, donde se concentra una parte esencial de la fabricación mundial de semiconductores avanzados. El futuro no está escrito. Tal vez estemos ante una nueva Gran Divergencia tecnológica; habrá que ver si China puede desplazar a Estados Unidos como primera potencia mundial o, si paradójicamente, ambas superpotencias terminarán debilitadas por una carrera tecnológica que exige unos recursos económicos cada vez mayores.
Si os apetece leerlo, con fines exclusivamente académicos os proporciono una traducción (las negritas o los subrayados en amarillo son míos) aquí

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