El 18 de junio de 1815 las tropas Napoleónicas fueron derrotadas definitivamente en Waterloo, efeméride de la cual se han cumplido hace poco 200 años. Mucho se ha escrito sobre lo que sucedió en Waterloo. Personalmente os recomiendo el reciente libro de Barbero (
Waterloo. La última batalla de Napoleón) y un clásico de 1976 del especialista militar
John Keegan (
El rostro de la batalla) (más libros
aquí y
aquí); la película
Waterloo (1970); y si os fascinan mucho las recreaciones históricas os recomiendo iros directamente cada año a la localidad belga de
Waterloo. Sin embargo, probablemente lo más interesante sea centrarse en las razones que llevaron a la derrota definitiva de los ejércitos franceses y en sus consecuencias geopolíticas y económicas.
Poco antes de coronarse emperador (aunque tal vez lo más exacto sería decir autocoronarse) el 2 de diciembre de 1804, Napoleón escribió a su hermano: “
Estoy
destinado a cambiar la faz del mundo; al menos eso creo. Tal vez algunas
ideas de fatalidad se mezclan en este pensamiento, pero no la rechazo;
creo incluso en ellas y esta confianza me da los medios del éxito”. Tras Waterloo, se comprobó que no era cierta la leyenda que decía: “
La Guardia muere y se rinde”. Lo que acabaría imponiéndose será la doctrina
Palmerston: “
El reino (Gran Bretaña, GBR) no tiene enemigos perpetuos ni amigos eternos; solo tiene intereses”.
¿Por qué perdió Francia la guerra (detalles sobre la cronología de las Guerras Napoléonicas
aquí,
aquí y
aquí? Voy a esgrimir tres razones.