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domingo, 27 de septiembre de 2026

Principios de Economía Política (Mill) y el Manifiesto Comunista (Engels & Marx)


Irish family ejectment from their home. Original aquí
Año 1842. Gran Bretaña ha sufrido una serie de malas cosechas, el precio del pan se ha duplicado, las ciudades están llenas de inmigrantes procedentes del campo en busca de trabajo, la industria algodonera está en crisis desde el último lustro, los obreros recurren a la caridad y llenan los comedores sociales. Thomas Carlyle afirmaba: “Siendo imposible la vida a las multitudes. […] Es evidente que la nación camina hacia el suicidio”.

En agosto de ese mismo año se produjo una huelga general liderada por el movimiento cartista (véase Carta del Pueblo) en defensa del sufragio universal masculino: un hombre, un voto. El primer ministro conservador Robert Peel envió al ejército contra los huelguistas quienes acabaron replegándose hacia sus fábricas. De nuevo Carlyle escribía: “La revuelta, el hosco y vengativo humor de la revuelta contra las clases altas […] es cada vez más el espíritu universal de las clases bajas”. El “Informe sobre las condiciones sanitarias de la población obrera de Gran Bretaña” publicado en 1842 por Edwin Chadwick (con anterioridad publicó junto a Nassau William Senior, Poor Law Commissioners' Report of 1834), mostraba que en Manchester (el Silicon Valley de la Revolución Industrial) la vida media de los hombres era de 17 años, la mitad que en los entornos rurales. Solo uno de cada dos recién nacidos llegaba a superar los 5 años de edad. Pero había mucho más: las calles eran frecuentemente usadas como alcantarillas, las casas estaban llenas de moho y en un estado deplorable, la comida putrefacta y los obreros se pasaban la mayor parte del tiempo en estado de embriaguez.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Alfred Marshall, probablemente el mejor economista de la Historia


Great Expectations, 1946. Foto original aquí
En 1859 una editorial del periódico británico Times comentaba que “noventa y nueve personas de cada cien no consiguen ‘salir adelante’ en la vida y están atadas por nacimiento, educación o circunstancias a una posición inferior, en la cual permanecen”.
De hecho, parece que el ascenso social solo era posible en la ficción literaria dickensiana (Grandes Esperanzas, 1861), en la cual un joven huérfano (Pip) pasaba de aprendiz en una herrería rural a socio en una compañía bursátil. A mediados de la década de 1860 (quiebra de la compañía Overend&Gurney: pánico financiero 1866) se produjo una importante crisis y depresión económica que en opinión del director del periódico Daily News, Robert Giffen, estaba afectando mayoritariamente a personas que habían trabajado, habían conseguido ahorrar y habían respetado la ley, y en algunos casos incluso habían hecho significativas aportaciones a instituciones benéficas. Casi de repente las construcciones marítimas y terrestres y una serie de quiebras dejaron a miles de personas sin empleo. En enero de 1867 Florence Nightingale (probablemente la persona que inspiró la creación de la Cruz Roja británica; más detalles aquí y aquí) escribía: “No es solo que hay 20,000 personas sin empleo en el East End, como han recogido todos los periódicos. Es que, en cada parroquia, los registros de la Ley de Pobres registran dos y hasta cinco veces más nombres de lo habitual. Es que todos los hospicios están funcionando como hospitales. Es que las escuelas se caen de viejas, no pueden dar una comida al día y corren el peligro de cerrar. Y todo esto sucede en Marylebone, en Saint Pancras, en el Strand y en el sur de Londres”.